‘Tot taxat’

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¡Pícaras coincidencias! En estos días de protestas por el arrinconamiento de la lengua española en Cataluña y regiones imitadoras, leo en las Cavilaciones y melancolías de Jiménez Lozano un dato que nos servirá para echar un poco de sal en nuestras heridas nacionales, reabiertas por los socialistas mediante sus leyes memoriosas. Para ello mencionaremos brevemente la censura lingüística en tiempos del franquismo, ese agujero negro de la historia de España que no cesa de engullirnos medio siglo después de desaparecido.

Porque la censura es uno de los aspectos de aquel régimen que más rechazo provocó entonces y nos sigue provocando hoy. Y, al igual que de otras muchas cosas antipáticas de aquel régimen, la principal responsable fue una Iglesia a la que Franco salvó del exterminio, a la que, lamentablemente, entregó en bandeja los asuntos educativos y que le pagó su privilegiada situación dejándole colgado de la brocha tras el Vaticano II.

Famoso fue el episodio de la concesión al falangista Rafael García Serrano del Premio Nacional de Literatura de 1943 por La fiel infantería, libro que sería censurado por la Iglesia, retirado de las librerías y no vuelto a publicar hasta 1958. El principal responsable fue el cardenal catalán Enrique Pla y Deniel, experimentado prohibidor de obras impías como la unamuniana Del sentimiento trágico de la vida, también arrojada por él al Índice. En el caso de la novela de García Serrano, Pla consideró inadmisible que los soldados nacionales en ella reflejados dijeran palabrotas y fueran de putas. Y lo más divertido fue que el sacerdote que elaboró el informe condenatorio que puso al cardenal sobre la pista de dicha novela acabaría distinguiéndose en los setenta en las filas de los llamados curas progresistas.

A señalar los libros pecaminosos dedicaron muchas energías los servidores de Dios. Por ejemplo, el jesuita guipuzcoano Antonio Garmendia de Otaola publicó en 1949 el erudito catálogo Lecturas buenas y malas a la luz del dogma y de la moral. De sus condenadores rayos no se libró ni Dios, pues encontró contenidos deshonestos en Homero, Boccaccio, Balzac, Quevedo o Cervantes, por citar sólo un puñado. En cuanto a los autores españoles de aquellos días, maldijo, entre otros muchos, a Azorín, Jardiel Poncela y el mencionado García Serrano, todos ellos apologistas del régimen y todos ellos escritores en la lengua de Cervantes. Por el contrario, bendijo a las dos cumbres de la Renaixença: a Verdaguer le definió como el “heredero de los mejores épicos antiguos, lírico excelso, continuador de la obra de los grandes místicos españoles del Siglo de Oro, cantor épico y genial intérprete lírico del mundo total y maravilloso de la poesía”; y sobre Maragall escribió que “por la delicadeza y espiritualidad que se respira a través de todas sus páginas, la rectitud al enjuiciar los actos de la vida y su hondo sentido cristiano y patriótico, es obra cuya lectura, a la vez que recrea, eleva el espíritu”.

La censura durante el régimen franquista se ocupaba del contenido de los libros, no de la lengua en que estuviesen escritos. Los estudiantes de aquellos días recordarán los tachones en sus libros escolares. Por ejemplo, en la recopilación Las mil mejores poesías de la lengua castellana fueron tachados estos castellanísimos versos de Espronceda: “Me agradan las queridas / tendidas en los lechos, / sin chales en los pechos / y flojo el cinturón, / mostrando sus encantos, / sin orden el cabello, / al aire el muslo bello… / ¡Qué gozo! ¡Qué ilusión!”.

Pero retrocedamos un poco en el tiempo. Porque durante los años bélicos, en territorio nacional se experimentó una notable hostilidad hacia la amalgama de revolución y separatismo que había dominado en la Cataluña republicana. He aquí el testimonio que sobre aquella hostilidad nos dejó el egregio dirigente catalanista Francesc Cambó:

[El padre Marcet, abad de Montserrat] me da informaciones que le llegan de algunos monjes montserratinos que están en la España blanca. Todas las notas de fobia anticatalana las han escuchado de labios catalanes. Catalanes han sido los que, en un castellano deplorable, les han echado en cara su tarea cultural catalana; los que les han anunciado, con satisfacción, que no podrían volver a Montserrat. Uno de ellos les ha dicho, textualmente: Ningún catalán podrá volver a su casa si antes no grita: ¡Muera Cataluña! En cambio, de los castellanos han recibido una afectuosa acogida.

Otro testimonio muy interesante fue el del también catalán José María Fontana, en este caso sobre la censura militar. Para impedir el espionaje enemigo, se ordenó que, mientras durase la guerra, todas las comunicaciones telefónicas y telegráficas fuesen en lengua española. Pero algunos de los miles de catalanes pasados a zona nacional no podían evitar expresarse en su lengua materna:

Los teléfonos, como los correos, estaban controlados por los censores honorarios catalanes. Un día llega a San Sebastián un payés de Gerona y llama en seguida a un paisano de análoga condición:

Soc en X… Sí, tots be, l’avia

Y de pronto, el censor que interrumpe:

–Les ruego que se expresen en castellano. Estamos en guerra.

Ai, perdó. Escol… ¡Escucha!

No había manera de entenderse. Con la emoción, los comunicantes se armaban un verdadero lío. Al fin, el censor no pudo más y les interrumpió de nuevo:

–Aquí la Censura. Parlin en català, pero siguin breus.

Por su parte, los requetés vasconavarros realizaban sus comunicaciones por radio en vascuence, pues consideraron que ésa era la mejor manera de evitar ser comprendidos por los gudaris, ignorantes de dicha lengua la mayoría de ellos.

En cuanto a la propaganda rebelde, dispuso de emisoras en catalán y en vascuence, como Radio Veritat, la emisora catalana que emitió desde la Génova mussoliniana. De ello fue testigo el presidente Azaña, como reflejó en sus memorias el 20 de junio de 1937:

Anoche, alguien de esta casa abrió la radio, contra lo que se usa. Salió una estación hablando en catalán. Creímos un momento que sería Barcelona. Pero no: bien pronto se advirtió que era una estación de los enemigos. Describía la entrada del ejército victorioso en Bilbao. Aun despojando a la narración de los adornos propios del caso, se recibía la impresión de que los vencedores habían entrado, más que en orden de ataque, como si desfilaran en columna. Después repitieron el relato en castellano.

Y para terminar, el dato que ha dado origen a estas breves líneas: José Jiménez Lozano recordó en el libro arriba mencionado aquellos años sesenta en los que sus artículos en la revista Destino eran censurados por “funcionarios del Ministerio de Información en Barcelona, y no empleaban la lengua del Imperio, sino que escribían con lápiz rojo Tot taxat en la galerada y luego traducían debajo, como si se tratara de sánscrito u otra lengua impenetrable, Todo tachado“.

Quede todo esto como una pequeña aportación a la Ley de amnesia histórica. O de venganza democrática. O como diablos se llame.

www.jesuslainz.es

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