Los perroflautas y Mercadona

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Los países funcionan mucho mejor con un capitalismo despiadado que con el comunismo de buenas intenciones que nos quiere vender el destrío bolivariano. Para los comunistas, el capitalismo es siempre despiadado porque es el sistema que impide implantar su modelo de sociedad. Por eso los chavistas con coche oficial insultan en el mismo grado al propietario de una multinacional que al dueño de una vivienda modesta okupada, porque ambos retrasan la llegada del comunismo (por otra parte inevitable, según estas pobres criaturas) con su compromiso con el libre mercado y el derecho de propiedad.

Los perroflautas que andan triscando por el Gobierno de Sánchez sienten un odio profundo hacia las empresas, pulsión violenta que debe tener un origen patológico puesto que ninguno de ellos ha trabajado jamás. Ni en una multinacional, porque no los contratarían, ni en un pequeño negocio, por su irrefrenable tendencia a la vagancia. Hablan de oídas, como la ministra Belarra, lideresa a la sazón de la purria podemita, que el otro día arremetió en nombre del Gobierno contra un empresario español en un gesto insólito en cualquier democracia mínimamente asentada. Lo más significativo de la arenga de esta pobre fanática es que detrás de ella, haciendo bulto para el vídeo, aparece un señor bien entrado en la treintena, con cazadora de pana y barba hirsuta, asintiendo enfáticamente mientras la Belarra desgranaba su chorradita. El tipo representa perfectamente el arquetipo de cuñado ultraizquierdista, ese curioso personaje que lleva una década preparando oposiciones de animador sociocultural y que ha hecho del odio social la razón fundamental de su lucha ideológica. No son muchos en España (si lo fueran seríamos Haití), pero reclaman su cuota de atención pública y aprovechan la presencia de sus iguales en el Gobierno para satisfacer esa vanidad de inútil con ínfulas, que amenaza con arruinar a los más industriosos para que nadie prospere por encima de lo que ellos creen merecer.

Las ministras siamesas y su tropa antisocial no odian a los grandes empresarios por sus defectos, que los tienen como todo hijo de vecino, sino precisamente por sus virtudes, esas que los han llevado al éxito. El crecimiento de las grandes empresas españolas se les clava como una puñalada, porque son la demostración palmaria de que todo lo que pregona la izquierda en términos económicos es pura bazofia. Ya ni siquiera pueden utilizar la vieja táctica comunista de infiltrarse en esos emporios y destruirlos desde dentro, porque los trabajadores de Mercadona, como las personas inteligentes, no apoyan a la ultraizquierda. Quieren prosperar, sacar a sus familias adelante y garantizarse una seguridad que, desde luego, no le van a proporcionar esos jovenzuelos fanatizados que abroncan a sus jefes para justificar unos sueldos que, una vez fuera de la política, jamás volverán a cobrar.

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