El fallecimiento de Pedro Solbes

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Ha muerto Pedro Solbes. Con su fallecimiento, se va otro de los políticos de otra época, cuando era un requisito imprescindible —frente a la oclocracia actual que impera— tener una sólida formación y una amplia experiencia para poder ocupar un alto cargo de designación política en la Administración. Así, Solbes tenía una importante formación —licenciado en Ciencias Económicas, en Derecho y en Ciencias Políticas— y era Técnico Comercial y Economista del Estado.

A lo largo de su dilatada trayectoria, ocupó muchos y muy importantes puestos en materia económica, en el ejercicio de altas responsabilidades. De esa manera, fue miembro de los equipos de las últimas negociaciones entre España y la CEE para el ingreso de nuestro país en el Mercado Común, y tras la firma del Tratado de Adhesión de España a la CEE y poco antes del ingreso efectivo en ella el 1 de enero de 1986, fue nombrado secretario de Estado para las relaciones con la CEE, después de haber sido SGT del Ministerio de Economía y Hacienda y antes de ser ministro de Agricultura, que dejó para desempeñar el puesto de ministro de Economía y Hacienda en la última legislatura del presidente González.

Tras perder el PSOE las elecciones de 1996 y después de mantenerse unos años como diputado, en 1999 fue nombrado comisario europeo de Asuntos Económicos y Monetarios, puesto en el que se mantuvo hasta ser nombrado vicepresidente segundo del Gobierno y de nuevo ministro de Economía y Hacienda en 2004. Tras su dimisión en 2009, su actividad profesional se centró en el mundo empresarial.

En su gestión, hay luces y sombras. En los aspectos positivos, destaca su labor en los equipos de negociación para la adhesión de España a la CEE y su posterior trabajo como secretario de Estado de Relaciones con la CEE. También que en 1993, al asumir por primera vez la cartera de Economía y Hacienda, aplicó una política económica más racional, apoyándose en CiU, que la que la alternativa de una alianza con IU habría permitido. Siendo ministro, durante la presidencia española en la Cumbre de Madrid en diciembre de 1995, se decidió la adopción del euro como futura moneda única europea, en sustitución del ECU, y el retraso a 1999 de la entrada en vigor de la eurozona. Del mismo modo, en el plano europeo dirigió la cartera económica en los primeros años de la moneda única, asentándose la coordinación de las políticas económicas de los miembros de la UE, y logró mantener el Pacto de Estabilidad y Crecimiento original, que su sucesor como comisario, Joaquín Almunia, edulcoró y que fue fruto de los desajustes presupuestarios de la anterior crisis. Asimismo, aprovechando la inercia económica de los gobiernos del presidente Aznar, pudo cerrar con superávit presupuestario en tres ejercicios y llegó a tener el marginal más bajo en el tipo máximo del IRPF, en el 43%.

Sin embargo, pese a esos aspectos positivos, los aspectos negativos en la gestión son de una importancia mayor. Con él de ministro de Economía y Hacienda se produjo la última devaluación de la peseta de las cuatro que hubo entre 1992 y 1995 (en todas ellas, fue ministro, primero de Agricultura y luego de Economía y Hacienda). Pese a la política aplicada más templada antes mencionada, no dejó de ser una política económica típicamente socialista, de alto gasto y numerosos impuestos. Eso hizo que se produjese una importante recesión en España en 1993, con una tasa de paro que llegó a ser superior al 24% y una Seguridad Social casi en quiebra, además de no cumplir entonces con ninguno de los requisitos de convergencia para entrar en el euro en el momento en el que perdieron las elecciones los socialistas.

En los gobiernos del presidente Rodríguez Zapatero, no supo plantarse o dimitir y permitió que Zapatero dilapidase el superávit logrado, como con el cheque lineal de 400 euros por contribuyente. Sólo en un año, el saldo presupuestario se deterioró 6,46 puntos, al pasar de un superávit del 1,89% a un déficit del 4,57% del PIB. Del mismo modo, se produjo el acoso del Gobierno a Endesa, que al final fue vendida a Enel (donde años después terminó siendo consejero) tras fracasar el fallido intento de que la comprase Gas Natural.

Dejó sin resolver lo que él mismo calificó como “sudoku” de la financiación de las CCAA. Ahora bien, lo que más se le pudo reprochar es que no fuese sincero sobre la situación de la economía española —recordemos su negación de la crisis en el debate con Manuel Pizarro en marzo de 2008—, elemento que, junto con el gasto de Zapatero que no supo frenar Solbes, puso a la economía española contra las cuerdas, con una destrucción de un millón de empleos en 2009 —año en el que dimitió—, una intensa recesión y un déficit público superior al 11% del PIB en dicho año, elementos que llegarían a generar más de seis millones de parados en su pico máximo de febrero de 2013.

De hecho, el propio Solbes reconoció sus errores años después, tanto en la publicación de un libro como en una comisión en el Congreso sobre la crisis financiera. Si su silencio sobre la situación económica y su negación de la realidad le hicieron cómplice del desastre, al servirle de coartada a Zapatero, le honra el haber reconocido sus errores, cosa que no es, desgraciadamente, habitual.

Su fallecimiento, como digo, se lleva a otro político de los de antes, con formación y exquisita educación, que trató de servir lo mejor posible a su país, con los aciertos y errores señalados, y que ocupa un lugar relevante en los gobiernos de los que formó parte. Descanse en paz.

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